Índice de Resultados Escolares 2025: por qué la mitad de los alumnos no aprende Matemática.

Por la redacción de Educar, hacer visible lo invisible.



Hay una trampa cómoda en las estadísticas. Un espejo que devuelve una imagen amable para los despachos oficiales: el 94% de los pibes argentinos que entraron a primer grado llegaron a sexto a tiempo. No hay repitencia masiva, no hay abandono estridente. La escuela primaria retiene, abraza, contiene. Las aulas están llenas.

Pero cuando se apagan los discursos y se abre la planilla del Índice de Resultados Escolares (IRE) que elabora Argentinos por la Educación, la foto pierde el filtro. Solo la mitad de esos chicos termina la primaria sabiendo lo mínimo e indispensable de Lengua y Matemática.

En la Patagonia, donde el viento suele llevarse las promesas, el mapa dibuja sus propias jerarquías. La Pampa muestra un 54%, Tierra del Fuego un 53%, Chubut un 52% y Río Negro un 51%. Santa Cruz queda rezagada con un 47%. Es decir: en la provincia, de cada diez chicos que se sientan en el banco a los 6 años, menos de cinco salen a los 12 entendiendo un texto y resolviendo un problema simple.


Y ahí aparece el verdadero cuello de botella. No es la lectura —donde Santa Cruz roza un digno 79%—; el veredicto destructivo lo da la matemática: solo el 49,1% de los alumnos santacruceños alcanza el nivel esperado. Menos de la mitad.

La grieta de los analistas.

Como en casi todo en este país, las lecturas de la misma realidad abren dos caminos.

Por un lado, la especialista Irene Kit pide no dejarse llevar por el pánico ni el desaliento. Mira el vaso medio lleno: la pandemia no destruyó todo como se preveía, el sistema mostró resiliencia y la inclusión no tiró abajo los aprendizajes. "Es una mejora lenta", dice, pidiendo paciencia pedagógica.

En la otra vereda, Mariano Narodowski no tiene ganas de adornar la mesa. Dispara donde duele: desde hace más de una década la mitad de los pibes queda afuera de los conocimientos básicos. Para Narodowski no hay triunfo en llenar aulas si adentro no pasa nada. Garantizar la asistencia sin aprendizaje no es ampliar derechos; es, lisa y llanamente, un relato para disimular la exclusión.


Paenza y el instrumento de tortura.

Hace más de dos décadas, el matemático y periodista Adrián Paenza empezó a repetir una consigna que chocaba contra el sentido común de la escuela tradicional: "La matemática no es una materia para aprobar, es una forma de pensar". En sus libros emblemáticos, Paenza expuso la herida sangrante de la enseñanza en la Argentina: nos pasamos años enseñando las respuestas a preguntas que los chicos nunca se hicieron.


Para Paenza, el fracaso no es de los alumnos, sino del método. "A los chicos se los despoja del placer de descubrir. Se les da la fórmula digerida y se les pide que la repitan como loros. La matemática enseña a dudar, a sospechar, a buscar patrones. Cuando la reducís a una tabla de multiplicar o a una ecuación abstracta sin contexto, la transformás en un instrumento de tortura".

Sus ideas dialogan directamente con la fotografía del IRE: el 49,1% de los chicos en Santa Cruz —y el 58% a nivel nacional— no odia la matemática por ser difícil, sino porque nunca les mostraron para qué sirve ni les permitieron jugar con ella.



El sesgo del descarte: carreras elegidas por huida.

El impacto de este modelo de enseñanza no se agota cuando suena el último timbre de la escuela primaria o cuando se entrega el título secundario. Deja un trauma pedagógico duradero. La falta de comprensión placentera y el aprendizaje basado en la frustración terminan moldeando las trayectorias universitarias y profesionales de miles de jóvenes.


¿Cuántas vocaciones quedaron truncas por fobia a la ecuación? Hay una multitud silenciosa de estudiantes que, al momento de elegir una carrera, no se preguntan qué les apasiona, sino qué opción no tiene Matemática en su plan de estudios. Se produce así una elección por descarte, una huida sistemática de las ciencias exactas, las ingenierías, la economía o la tecnología, alimentada por el prejuicio de que "la matemática no es para mí".

En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, el análisis de datos y el desarrollo tecnológico, este rechazo forzado no solo empobrece el abanico de oportunidades individuales: limita el desarrollo de toda una región. Santa Cruz y la Patagonia necesitan ingenieros, estadísticos y científicos para pensar su futuro productivo; pero si el sistema escolar sigue educando desde el espanto, el semillero vocacional continuará acotado antes de empezar.

¿Por dónde se sale?

El reciente Compromiso Federal por la Matemática intenta hacer reanimación cardiopulmonar sobre esta emergencia. Si vamos a discutir en serio y no para la tribuna, las soluciones no son mágicas pero sí urgentes:

Enseñar a pensar, no a repetir: Cambiar la didáctica en el aula. El error no se castiga; se usa como insumo para entender dónde se rompió la lógica.

Docentes acompañados, no juzgados: La capacitación no puede ser un taller de fin de semana por pantalla. Necesitamos formación continua en servicio, con secuencias didácticas útiles para la realidad de cada escuela.

Manejo inteligente de la desigualdad: Poner el dinero y los mejores recursos pedagógicos donde el rezago es más profundo, para que el código postal no determine el techo de aprendizaje.


La pregunta que nos deja este informe no es si los chicos van a la escuela. Ya sabemos que van. La pregunta brutal, la que nos debería quitar el sueño, es para qué están yendo.

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