La tregua escolar y el arte de simular la normalidad.

Por David G. para Educar, hacer visible lo invisible.

Hay un momento preciso en la liturgia del conflicto santacruceño en el que el ruido de la paritaria cede el paso al regreso a las aulas. Tras el acuerdo "a cuenta", la continuidad pedagógica se vuelve palpable y se produce una suerte de alivio social colectivo. Sin embargo, quienes hemos habitado el sistema educativo provincial durante casi treinta años sabemos que esa continuidad es apenas el inicio de otra tensión, mucho más silenciosa y subterránea: la de gestionar el simulacro de la normalidad.



¿Qué se recupera cuando se recupera la presencialidad a días de cerrar un semestre y al borde del receso invernal? Pasar de dictar uno o dos días de clases semanales a una continuidad de cinco días no es una transición mecánica. El aula no es un dispositivo que se enciende y funciona de inmediato en su régimen óptimo. El aprendizaje tiene un ritmo biológico e institucional que no responde a los tiempos de una negociación salarial.


Hoy nos encontramos ante una encrucijada donde la incertidumbre no es una variable del sistema; es su estado de situación. Y en esta geografía de la incertidumbre, la pregunta que el poder político suele esquivar es la más humana: ¿cómo impacta este retorno en el estudiante y su mesa familiar, en los equipos de gestión institucional y en el principal escenario: el aula?

El CPE ante el espejo: ¿Acreditación o certificación burocrática?

La primera pregunta sugerente apunta directamente a las oficinas del Consejo Provincial de Educación. Ante un semestre que ha sido un archipiélago de días de clase aislados, el CPE enfrenta una decisión de fondo: ¿exigirá el cumplimiento rígido de los plazos administrativos para sostener una regularidad, o tendrá la flexibilidad política de habilitar tiempos excepcionales de aprendizaje significativo?

La demanda de planillas de calificaciones cerradas a término obliga al sistema a convalidar evaluaciones apresuradas sobre contenidos que apenas llegaron a esbozarse. Si el CPE no posterga el cierre administrativo del cuatrimestre para permitir un período real de revinculación post-receso, estará forzando a las escuelas a un ejercicio de simulación. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿qué se está calificando realmente en estas planillas? ¿El aprendizaje logrado o la mera asistencia a los pocos días de clase efectiva?

La soledad de los equipos de conducción y la tiza en el aula.

En esta trama, los equipos directivos y de supervisión son los verdaderos parachoques del sistema. Sobre sus hombros recae la presión de la burocracia que exige datos y la demanda de familias que exigen respuestas. El rol del directivo hoy no puede ser el de un mero contralor del diseño curricular. El desafío es coordinar un pacto de saberes mínimos. No se trata de reescribir planificaciones anuales en un papel que nadie leerá, sino de sentarse con los docentes y definir qué es lo verdaderamente irrenunciable que un estudiante debe dominar para seguir adelante.

Frente al pizarrón, el docente enfrenta su propia encrucijada: el aceleracionismo pedagógico. Intentar dar tres temas en una semana para compensar el tiempo perdido es una receta eficaz para la frustración colectiva. Quienes conocen la dinámica áulica saben que el verdadero conocimiento nuevo no se implanta sobre el vacío de la discontinuidad. El docente debe operar una poda quirúrgica, priorizando las competencias instrumentales básicas —como la comprensión lectora y el pensamiento lógico— y transformando la evaluación en una brújula de proceso, no en una guillotina de último momento.

La mesa familiar: El pacto honesto frente al reproche.

Pero es en los hogares donde la tregua escolar se vive con mayor escepticismo. Como anteriores oportunidades, la frase ya se debe estar escuchando en los pasillos y en los grupos de WhatsApp con una claridad de diagnóstico que envidiaría cualquier pedagogo: "Estuvieron meses con clases intermitentes... ahora que no pretenden que mi hijo aprenda todo de golpe para el cierre de notas". El reproche de las familias es el síntoma de un cansancio acumulado y de una desconfianza justificada.


¿Cómo se le pide a una familia que acompañe el proceso escolar cuando las reglas de juego cambiaron tantas veces en el año? ¿Cómo administra el estudiante su propio proceso de aprendizaje en el próximo semestre ante la amenaza latente de que la tregua sea solo temporal?

La respuesta no puede ser el voluntarismo ni la condescendencia. Se requiere un acuerdo de partes explícito y honesto entre la escuela y las familias, estructurado sobre dos pilares realistas:

El sinceramiento de la exigencia: La escuela sabe que la exigencia de los saberes indispensables seguirá estando allí porque el futuro de los chicos (y las demandas del mundo exterior) no admite concesiones ni recortes. El verdadero desafío radica en cómo el docente administra pedagógicamente esa exigencia. No se trata de implementar el programa de estudios o la planificación áulica para "cumplir", sino de construir andamiajes: dosificar los contenidos nuevos, secuenciar las tareas y guiar el esfuerzo del estudiante para que el camino hacia ese estándar sea transitable y no un abismo de frustración y desacreditaciones, en otras palabras, acompañar trayectorias escolares.

La corresponsabilidad en el próximo semestre: El estudiante no puede ser un receptor pasivo del "apuro" docente, pero tampoco se puede aprender por ósmosis. Las familias y la escuela deben pactar un ordenamiento de los tiempos de estudio en el hogar que sea realista. El acompañamiento familiar en esta etapa debe enfocarse en sostener la regularidad y el esfuerzo, sabiendo que la escuela está evaluando el camino y no solo el destino.

La incertidumbre como punto de partida.

Quizás el mayor aprendizaje que nos dejan estas tres décadas de transitar las escuelas de Santa Cruz es que la normalidad no se decreta mediante una resolución o una firma paritaria. La continuidad pedagógica es un tejido delicado que se rompe con facilidad y se reconstruye con lentitud.


Mientras el sistema intenta reacomodarse bajo esta tensa calma, nos queda una última reflexión: si seguimos abordando las crisis estructurales con parches burocráticos de corto plazo que ignoran el desgaste emocional de docentes, estudiantes y familias, ¿no estaremos hipotecando la calidad de la educación pública santacruceña en nombre de una prolijidad administrativa?

La tregua nos da la oportunidad de volver a mirarnos en el aula y de reconstruir la alianza entre la escuela y el hogar. Queda en manos de quienes gestionan, enseñan y acompañan desde la casa decidir si utilizaremos este semestre para educar en la realidad o para seguir perfeccionando el simulacro.

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